Parte III
En el temblor de las pasiones, las decisiones incorrectas se
hacen correctas, las oportunidades se vuelven imprescindibles y los momentos
eternos, de tal manera que cuando el barco zarpe mar adentro sepa que, a pesar de
que tenga destino, será siempre el mar quien ha de guiarlo.
Los pasos se volvían percusiones graves, y un presentimiento
comenzaba a invadir a los amantes en faena, pero fuera de preocuparlos, los
exaltaba, los animaba (en todo el sentido animal de la palabra) y el trance se trastornaba
feroz.
La puerta se abrió sorprendida y con él también se abrió la cúpula
descubierta. El intruso salió pasmado, mientras los dos jóvenes recogieron sus
pertenencias y se marcharon presurosos sin vuelta. No sentían vergüenza, pero
si molestia por haberles interrumpido un instante que jamás debe cortarse, porque
es como cortar el flujo urinario mientras se orina.
Apurados, y vistiéndose a la luz de la noche, decidieron
terminar lo que comenzó, así que aún medio aturdidos entraron a una discoteca
por ahí cerca. Bailaron poco tiempo, y casi de inmediato, despertaron
nuevamente sus apetitos.
El aire se había perfumado de erotismo y las palabras se volvían
torpes, quizá porque gemir sea mejor que hablar, por esa extraña naturalidad
que esconde su deseo. Los besos ya no eran pasos de baile, y los sonidos eran
tan oportunos para hacer el amor…
Amaris acudió al baño y Braulio la siguió protector, como león
cuidando su carne, y en la duda precoz que embarca al viajero de partir o no,
del pintor de que color elegir, del escritor si publicar o no, el decidió
entrar. Y entró, nomás.
El flujo sanguíneo persiguió nuevamente sus pasiones y puso
en orbita a su miembro viril que acariciaba las fronteras de ese cuerpo incandescente.
Ella, mujer de intensiones carnales, se envolvió a los brazos del amante nocturno
que acechaba sus caderas.
Frente a frente, y con menos peso de ropa, la cargo por
sobre sus hombros, y la veía sonreír, como entusiasmada por el momento que devendría.
Una estaca se introducía por sobre esa flor. Tan hermosa la flor, se veía indefensa
ante el mazo que penetraba incesante, hasta verse completamente anclado.
La recepción era feliz, así lo demostraba las bocanadas de
erotismo que desprendía Amaris. Al ver a su flor jubilosa, exaltada y
terriblemente gozosa, le transmitían una electricidad irradiante que fluía por
su cuerpo. Una energía zigzagueante que la hacia aflorar.
Frente a ella estaba Braulio, que continuaba punzante en su afán
de anclar su estaca que, entraba y salía cada instante, como buscando impulso
para intensificar sus energías. Su apetito crecía al verse asaltar un cuerpo
ajeno, era como violentarla, como tomar algo extraño, como algo suyo, eso lo excitaba
para profundizar mas fuerte. Más fuerte.
Pareciéndose saciados, intuyeron con una mirada, que algo
pronto brotaría, algo como la savia de la estaca. Y en el latir sensual,
gritaron sin decir ninguna palabra y explotó aquel momento, ancló la estaca. Ambos
sonrientes y cansados, mirándose uno frente al otro, amaban las endorfinas que
flotaban en el aire.
Ella descendió ha auscultar la estaca, a sacarle la ultima
gota de savia; la cogía, sacudía, absorbía, consumía y la amaba como se ama a
un juguete nuevo, un amor efímero. Así después ya, mucho más ligeros, se
percataron que hace mucho tiempo que tocaban la puerta del baño. Con una risa cómplice
sellaron el momento y partieron perdidos.






