martes, 2 de octubre de 2012

Una excursión carnal



Parte III

En el temblor de las pasiones, las decisiones incorrectas se hacen correctas, las oportunidades se vuelven imprescindibles y los momentos eternos, de tal manera que cuando el barco zarpe mar adentro sepa que, a pesar de que tenga destino, será siempre el mar quien ha de guiarlo.

Los pasos se volvían percusiones graves, y un presentimiento comenzaba a invadir a los amantes en faena, pero fuera de preocuparlos, los exaltaba, los animaba (en todo el sentido animal de la palabra) y el trance se trastornaba feroz.

La puerta se abrió sorprendida y con él también se abrió la cúpula descubierta. El intruso salió pasmado, mientras los dos jóvenes recogieron sus pertenencias y se marcharon presurosos sin vuelta. No sentían vergüenza, pero si molestia por haberles interrumpido un instante que jamás debe cortarse, porque es como cortar el flujo urinario mientras se orina.

Apurados, y vistiéndose a la luz de la noche, decidieron terminar lo que comenzó, así que aún medio aturdidos entraron a una discoteca por ahí cerca. Bailaron poco tiempo, y casi de inmediato, despertaron nuevamente sus apetitos.

El aire se había perfumado de erotismo y las palabras se volvían torpes, quizá porque gemir sea mejor que hablar, por esa extraña naturalidad que esconde su deseo. Los besos ya no eran pasos de baile, y los sonidos eran tan oportunos para hacer el amor…
Amaris acudió al baño y Braulio la siguió protector, como león cuidando su carne, y en la duda precoz que embarca al viajero de partir o no, del pintor de que color elegir, del escritor si publicar o no, el decidió entrar. Y entró, nomás.

El flujo sanguíneo persiguió nuevamente sus pasiones y puso en orbita a su miembro viril que acariciaba las fronteras de ese cuerpo incandescente. Ella, mujer de intensiones carnales, se envolvió a los brazos del amante nocturno que acechaba sus caderas.

Frente a frente, y con menos peso de ropa, la cargo por sobre sus hombros, y la veía sonreír, como entusiasmada por el momento que devendría. Una estaca se introducía por sobre esa flor. Tan hermosa la flor, se veía indefensa ante el mazo que penetraba incesante, hasta verse completamente anclado.
La recepción era feliz, así lo demostraba las bocanadas de erotismo que desprendía Amaris. Al ver a su flor jubilosa, exaltada y terriblemente gozosa, le transmitían una electricidad irradiante que fluía por su cuerpo. Una energía zigzagueante que la hacia aflorar.

Frente a ella estaba Braulio, que continuaba punzante en su afán de anclar su estaca que, entraba y salía cada instante, como buscando impulso para intensificar sus energías. Su apetito crecía al verse asaltar un cuerpo ajeno, era como violentarla, como tomar algo extraño, como algo suyo, eso lo excitaba para profundizar mas fuerte. Más fuerte.

Pareciéndose saciados, intuyeron con una mirada, que algo pronto brotaría, algo como la savia de la estaca. Y en el latir sensual, gritaron sin decir ninguna palabra y explotó aquel momento, ancló la estaca. Ambos sonrientes y cansados, mirándose uno frente al otro, amaban las endorfinas que flotaban en el aire.

Ella descendió ha auscultar la estaca, a sacarle la ultima gota de savia; la cogía, sacudía, absorbía, consumía y la amaba como se ama a un juguete nuevo, un amor efímero. Así después ya, mucho más ligeros, se percataron que hace mucho tiempo que tocaban la puerta del baño. Con una risa cómplice sellaron el momento y partieron perdidos.


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