viernes, 28 de septiembre de 2012

Una excursión carnal



II Parte

Despierta la luna y el cielo ensombrecido, los contrastes ocurrían allá arriba, porque abajo dos cuerpos coincidían en la misma frecuencia. Las señales se transmitían por ondas similares, como si los brillos de la noche se trasmitieran por el mismo canal.

Los brazos palpitantes se apresuraban en tomar el cuerpo ajeno, como si hombros los apurasen a invadir el territorio extranjero. Es como un conflicto armado, donde el acecho y la lucha constante es el aire para persistir en combate.

Llegaron al baño con alguna prisa, la bulla exterior no saturaba sus apetitos, más bien los alimentaba, los provocaba, los endurecía… Y saboreando el deseo, empujaron la puerta y se adentraron como buscando calor en la oscuridad.

Se derramaron brevemente las ropas y a toda prisa como tren descarrilado, ambos desataban su hambre animal. Ahí abajo, Braulio comenzó a sentir unas nalgas foráneas bien suyas y sin más preámbulo la dio vuelta y la pegó contra la pared.

Se agachó ligeramente para besar la cavidad que sentía húmeda y que tanto lo aturdía. La besó a rabiar, como si fuera la ultima vez que vería algo similar; y luego abrió campo entre las dos colinas para profanar aquel pantano y así poder bañarse en el, jugar en el, y degustar de él, como un hambriento degusta de una naranja jugosa.

Con las manos contra la pared, Amaris lanzaba pequeños quejidos de placer, invadida de aquel aluvión de humectante placer. Se hallaba desintegrada, era un globo perdiendo peso de aire. Una convulsión tan desgarradoramente excitante…

La inquietud de la noche desbarataba cualquier intento racional de poner orden al procedimiento del coito. No existen caminos, todos se hacen al andar. Y en el desorden de la jungla, un árbol crecía velozmente, casi inexorable, crecía y crecía, tanto que sus raíces escarbaban por sobre la profundidad de la tierra.

Y la tierra tan rica, tan húmeda, recibía aquellas raíces como dejándose invadir tan servilmente, con tanta lascivia que cualquiera pensaría que es una penetración, pero no;  era una invasión. Así estaba Braulio, invadiendo con su poderoso árbol, la hermosa tierra de Amaris, cavando hondo.

Su árbol entraba a toda furia, ya no solo las raíces, sino el tronco mismo, era como si la tierra se tragase al árbol entero. Con las manos en las caderas, el hombre se sentía un propulsor de placer, era el motor que bombeaba a la noche,  a la pasión y ha ese hermoso culo que veía desde atrás.

Resultaba tan delirante copular en aquel lugar, pero mantenía ese encanto voraz de trasgredir aquella norma del “no”, y fue por aquella razón, que ambos se mantuvieron largo rato en aquel baño, insertándose, bebiéndose, comiéndose… ¡matándose!

De pronto alguien estacionó su auto y mientras le daban mantenimiento, decidió acudir al baño. Caminaba lento y sin apuro, desprovisto de lo que podría encontrar adentro.

¿Logrará entrar y ver el coito? ¿Cuál seria su reacción? ¿Se escandalizaría y llamaría a la policía? ¿Se haría el de la vista gorda? ¿Que acción tomarías tú? ¿Podrán los amantes, huir o esconderse antes de verse descubiertos?

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