I Parte
Cuando el fuego de la fogata mengua, encender otra cobra un sentido especial; no por mantener la llamarada, sino por mágico gusto de ver otro fuego emerger. Cuando oigas algún grito lejano, no busques indagar su origen, puede que sea impertinente hacerlo, mejor busca generar tu propio grito: Está en la entrepierna de tus sentidos.
Cuando el fuego de la fogata mengua, encender otra cobra un sentido especial; no por mantener la llamarada, sino por mágico gusto de ver otro fuego emerger. Cuando oigas algún grito lejano, no busques indagar su origen, puede que sea impertinente hacerlo, mejor busca generar tu propio grito: Está en la entrepierna de tus sentidos.
Terminó una cena informal con amigos y se dirigía a casa. Ese
era el plan, pero Braulio sentía que una rara inquietud comenzaba a invadirlo,
un acelerador dentro suyo hacia pie hondo, alguien más trotaba adentro. Un
neurotransmisor alborotaba sus ánimos.
Decidido a cambiar de destino, guió sus pasos por diferentes
calles sin rumbo aparente. Esa luz del faro, no lo ubicaba, ni lo iluminaba,
más bien lo trastocaba, lo perdía, lo encendía, lo avispaba, no estaba mal: A
las emociones no hay que aplacarlas, hay que echarles kerosene.
Encender un cigarro parecía un presagio. En sus dedos
palpaba el calor de una noche que brotaba bocanadas de humo vertiginoso,
impetuoso, cálido, como aquella hermosa sensación de no saber que viene luego,
tan solo vegetar de noche… fumando la noche.
Tropezando con el celular en la mano, llamó a aquella mujer
que apenas conocía, parecía caerla tan bien y viceversa, y en esa mutual
relación pactaron una cita tan fortuita como repentina, y en menos de 30
minutos, podía ver sus ojos frente a los suyos.
El ruido del taxi reflejaba el instante que transitaba en
una armoniosa charla aburrida, que de alguna manera amortiguaba los impetuosos deseos
que emancipaban a Braulio. Sin embargo, la búsqueda de enardecer sus ganas podían
más, y en esa búsqueda su libido empezaba a crecer, a crecer como un falo
mirando la vulva lubricar.
Amaris, la mujer de ropas
sugerentes, lo observaba como aquellos gatos que observan a los perros
extrañados por su forma tan empalagosa e incesante de divertirse. De ojos
medios claros, y cabello suelto, ella parecía estar atenta pero a la vez
despreocupada por el contexto. Era como el mar: siempre alerta, pero dominada
por las mareas.
En la medianía de la noche, concurrieron a un grifo en busca
de alcohol (quizá el descomprimidor mas famoso sobre la tierra). Ese vino parecía
no ser malo, y beberlo sobre el mismo grifo tampoco. Así que ambas cosas
terminaron por suceder.
De momento, los dedos, quizá la lujuria ramificada de las
manos, seducían ambos cuerpos, y los labios, la sexualidad hecha en la misma
cara, se confundían entre si. Ya las caricias sucedían como semáforo en verde.
Los instantes se hacían lentos y las palabras pequeños gemidos…
Los impulsos terminaban por contagiar a dos cuerpos, que sin
querer se iban encontrando en la misma orbita. Lentamente iban viajando al
planeta cósmico sexual, ahí donde, las razones no entienden y donde cada
impulso es una oportunidad.
Dado que el grifo había germinado el deseo, debía ser el mismo
grifo quien vea el redimir de la pasión. Así que, ambos concertaron que el baño
seria el testigo. Y como gatos en celo, se acercaron raudos a la puerta del
mismo.
¿Concretarían el acto carnal de liberar juntos sus deseos íntimos
en un coito? ¿La adrenalina del momento les jugara un mala pasada? ¿Alguien los
estará espiando? ¿Dónde terminaría el deseo? ¿Seria el comienzo o el final de
una larga noche erótica?

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