Cogí raudo lo primero
que vi, mi pantalón, y me sumergí debajo de la cama, pudiendo apenas distinguir
que me arrogaba a un lugar oscuro, sucio y estrecho. Ahí adentro, era un manojo
de nervios, y me encontré tan asustado, que me preocupé de mi angustia, pero extrañamente
me alegré de sentir una rara adrenalina, (quizá ahí empezó mi gusto por el
vértigo y lo prohibido).
Debajo de la cama, uno
se siente oculto o protegido. Falsamente oculto o protegido, porque no hay
escondite más obvio que debajo de la cama. En un instante, mientras
reflexionaba como había llegado a parar ahí, me di cuenta que todo resultaba
absurdo, pero, ¿Qué sería de la vida sin
el absurdo?
Los pasos que se
acercaban finalizaron con el sonido de una puerta abierta, así de golpe. Sonó
una percusión que terminó de manera violenta, fuerte e inexorable. Se trataba
del novio. La bella mujer, tan bella como astuta, corrió hacia la cama, se
envolvió, y fingió dormir. El novio, tan enamorado como ingenuo, no vio nada
fuera de lo normal y decidió partir.
Entonces, aún medio
nervioso, pero con la adrenalina a flor de piel, salí de mi escondite y decidí
concluir lo debido. Fue cuando, al internarme en las sabanas, al abrazarla y besarla,
comprobé como mi ánimo se erectó al contacto de su piel, pero más aún, de lo
“no permitido”. La culpabilidad se desvanecía mientras crecía mi morbo.
Mis ganas me llevaron a
emprenderla, tan pronto como pude, me encontré balbuceando un coito. Estando yo
arriba, había escalado la montaña del Everest y no estaba perdido, más bien,
estoy en la plaza de mi casa, ¡mi propia plaza! y juego, y juego…
El motor caliente, rugía
tan fuerte que podía ver mi auto correr a toda pista, entraba y salía de la
carretera, volvía a entrar y salir de la carretera, y el estadio clamaba cada
quiebre, cada vuelta, lo podía sentir, sentía su aliento, sus ánimos y los
gritos de victoria.
Cambiamos posiciones,
nos enredamos mil veces y el tiempo se ahogó, se esfumó, era como si por algún
instante, el tiempo se exceptuó de medir al mundo, no existía medidas, ni
cálculos, solo dos cuerpos que mezclaban
en uno. Un instante violento de lujuria, leones vivaces haciendo el amor.
Debajo de tuyo, el mundo
se mueve frenético y zigzagueante, nunca vi al jinete moverse con tanta
energía. El rojo del momento se volvía trémulo, y tu altivez vulnerable, ahora
siento que emerge algo profundo, como si el placer vaya estallar.
Las voces carnales se
volvían cada vez más naturales, resultaba imposible hablar, el gemido era la
única válvula de desahogo, así lo sentíamos, y lanzamos onomatopeyas de placer.
Algo profundo parece emerger, como si el placer vaya estallar.

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